La tribuna del Colegiado: Ramón Jesús Lamelo Otero reclama en este artículo que se escuche más la voz de los ingenieros agrónomos en la legislación sobre la edición genética de las plantas que está acometiendo la Comisión Europea

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jul 29 2025

La tribuna del Colegiado: Ramón Jesús Lamelo Otero reclama en este artículo que se escuche más la voz de los ingenieros agrónomos en la legislación sobre la edición genética de las plantas que está acometiendo la Comisión Europea

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Por Ramón Jesús Lamelo Otero. Ingeniero Agrónomo colegiado número 581

La edición genética de las plantas

 

El cultivo de las plantas con fines agronómicos está a punto de vivir una revolución sin precedentes. La modificación de los genes vegetales que se conseguía con las semillas transgénicas está siendo superada por una tecnología de edición genética, permitiendo así seleccionar las características que más nos interesan de cada especie sin incorporar trozos de ADN extraños. Se trata de obtener de una forma dirigida aquellas variaciones del genoma que podrían producirse de forma natural y que por azar o por una mutagénesis o cisgénesis provocada, a veces producían variedades mejores, como una mandarina más fácil de pelar o una manzana de un bonito color.

La Comisión Europea está abordando la legislación sobre este tema con una propuesta que debe aprobar el Parlamento y el Consejo para poder usar esta tecnología con seguridad y de la que se podrán beneficiar tanto los agricultores como los consumidores.

Distingue dos tipos de cambios en los genes. Por un lado, aquellos que serían asimilables a la variabilidad natural con supresiones, incorporaciones o modificaciones ligeras de grupos de genes.

En este debate, una tercera voz debería de oírse, la más importante, la de los ingenieros agrónomos que deberán evaluar esas plantas, asegurándose de que las nuevas generaciones de seres humanos tendrán alimentos de igual calidad que las anteriores, pero con ventajas desde el punto de vista de, por ejemplo, menores necesidades de uso de fitosanitarios, menor consumo de agua o mayor conservación, sin poner en peligro el medio ambiente y preservando en todo momento la biodiversidad y el patrimonio genético construido durante millones de años por la naturaleza y la selección por los seres humanos.

Esas plantas serían equiparables a plantas convencionales (plantas NGT). En el otro extremo otras plantas editadas con cambios más profundos tendrían el mismo tratamiento legal que los organismos transgénicos (NGTs).

En esta revolución tecnológica que se avecina dos grupos de actores alcanzan la mayor visibilidad en los medios de comunicación. Por un lado los genetistas, como el microbiólogo español Francisco Juan Martínez Mojica, descubridor de la CRISPR (acrónimo en inglés de Secuencias Palindrómicas Repetidas Espaciadas Regularmente y Agrupadas, mejor vamos a llamarle “las tijeras mágicas de algunos organismos”) que permitió más adelante el desarrollo de la edición genética por parte de entre otros a E. Charpentier, J. Doudna y F. Zhang y que les llevó a ganar el premio nobel (el español es profesor en la Universidad de Alicante). Por otro los grupos ambientalistas que muestran una posición de extrema prudencia, cuando no de oposición total, contra esta tecnología, como ya lo hicieron en contra de los transgénicos.

En este debate, una tercera voz debería de oírse, la más importante, la de los ingenieros agrónomos que deberán evaluar esas plantas, asegurándose de que las nuevas generaciones de seres humanos tendrán alimentos de igual calidad que las anteriores, pero con ventajas desde el punto de vista de, por ejemplo, menores necesidades de uso de fitosanitarios, menor consumo de agua o mayor conservación, sin poner en peligro el medio ambiente y preservando en todo momento la biodiversidad y el patrimonio genético construido durante millones de años por la naturaleza y la selección por los seres humanos. Para esa tarea serán precisos muchos ingenieros agrónomos que se enfrentan a una tarea de la mayor responsabilidad: suministrar a los agricultores los insumos con los que alimentar a la población mundial. Siempre hay que recordar que podemos vivir sin médicos, aunque algunos morirían, sin agricultores y agrónomos moriríamos casi todos.

 

 

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